Archivos ProVida

¿Cómo Interviene Dios en la Procreación?

 

Dios hizo a los seres humanos divididos en varones y hembras, y les dio el poder de originar nuevas vidas humanas en colaboración con Él. Por la íntima unión que llamamos acto sexual, el hombre y la mujer producen una imagen física de ellos mismos, y a este nuevo cuerpo tan maravillosamente comenzado Dios le infunde un alma espiritual e inmortal.

 

Es Dios quien ha concedido a los hombres la facultad de procrear, a través de la potencia sexual. Es Él quien (para garantizar la perpetuación del género humano) unió al uso de estos órganos un grado muy elevado de placer físico.

 

Pero sobre todo es Él quien, para cada cuerpo recién concebido, crea un alma espiritual, que durará eternamente, y la infunde en ese minúsculo óvulo fecundado. De ahí que por la relación esencial a Dios, que participa en el acto procreador al infundir un alma, el sexo resulte no sólo una cosa buena, sino una realidad sagrada, santa.

 

Cuando se olvida que el sexo es una cosa santa (dijimos que Dios interviene en Él muy directamente), se olvida también la santidad del matrimonio, y el sexo se convierte en un juguete, en un instrumento excitante de placer, dejando de ser, como es en realidad, instrumento de Dios en su obra creadora.

 

¿Qué males se siguen de mal interpretar la sexualidad? Muchos, tanto para los cónyuges mismos como para los hijos y la sociedad en general. Mencionamos entre esos males la infidelidad conyugal, la proliferación del divorcio, el llamado amor libre, la búsqueda constante del placer, los hogares disfuncionales, los niños de la calle, las enfermedades de transmisión sexual, los métodos anticonceptivos, las perversiones eróticas, la homosexualidad y las aventuras frívolas. Estos son algunos de los males que surgen en cuanto se violenta el sexo, apartándolo del orden divino de las cosas.

 

Incluso personas rectas pueden sufrir por una concepción equivocada en este tema. La debilidad ocasionada por el pecado original crea frecuentemente dificultades para mantener el impulso sexual dentro del orden que Dios ha establecido, es decir, el orden del matrimonio legítimo. Pero el cristiano debe recordar que cuenta con la gracia de Dios para cumplir siempre sus preceptos

 

¿Por qué la Iglesia no permite

ni los preservativos ni los anticonceptivos para los que no quieren tener muchos hijos?

 

La Iglesia enseña que va contra la ley de Dios el empleo de métodos artificiales de control de la natalidad, sean físicos (como los preservativos), o químicos (como cualquier píldora anticonceptiva, espermaticidas, etc.).

 

También enseña que es contrario a la ley de Dios el acto sexual interrumpido (llamado onanismo), que consiste en que el varón derrame fuera de la mujer precisamente porque no desean concebir.

 

La Iglesia enseña también que es un pecado muy grave cualquier método abortivo (por ejemplo, la llamada “píldora del día siguiente” o el dispositivo intrauterino o diu), porque en ellos no sólo se impide una nueva concepción sino que se mata a un ser humano recién concebido.

 

Enseña también que es pecado la esterilización voluntaria, es decir, la vasectomía en el varón y la ligadura de trompas en la mujer, métodos ambos que buscan evitar definitivamente la procreación.

 

¿Por qué todos esos métodos son contrarios a la ley de Dios?

 

Porque la unión sexual es el instrumento que Dios ha previsto para hacer lo más grande que realiza el hombre: traer nuevas criaturas al mundo, nuevos seres humanos, creados a su imagen y semejanza y destinados a vivir para siempre. Esto da al sexo una enorme dignidad y hace que sea, como ya dijimos, algo divino, sagrado. Cuando un hombre y una mujer se unen sexualmente, Dios está ahí, dispuesto a llevar a cabo su maravillosa obra creadora de nuevas personas humanas.

 

Al controlar artificialmente los efectos de la unión sexual, manipulamos a Dios, le desviamos su plan. Siendo el Señor y Dueño de todo, pretendemos excluirlo de un ámbito fundamental: el origen de la vida. Y Él, que como Dueño y Señor del mundo ha dictado leyes, resulta burlado por un procedimiento que va en contra de su proyecto. Ir en contra del proyecto de Dios siempre es un pecad

 

Entonces, ¿cómo saber cuántos hijos debe tener un matrimonio?

 

Los esposos han de valorar la situación en que se encuentran para saber cuándo y cuántos hijos son capaces de procrear y de educar. Es una decisión que corresponde específicamente a ellos (no a los parientes, ni a las instituciones de salud pública o a otras personas).

 

Esa situación global que los esposos deben valorar incluye su salud física y psicológica, su situación económica, social, habitacional, etc.; factores todos que deben ponderar en su decisión. Pero, además de las razones humanas, los esposos deberán sobre todo buscar la voz de Dios en sus conciencias, pues la decisión de originar o no una nueva vida (que, por ser espiritual, permanecerá para siempre), es algo que va más allá de este mundo y de este tiempo.

 

Dios tiene mucho interés en hacer saber a los esposos cuándo desea o no una nueva criatura humana sobre la tierra.

 

Sin embargo, cuando los esposos establecen que no pueden por ahora (quizá después, cuando cambie alguna situación) tener más hijos, han de hacerlo observando las normas morales. En otras palabras, aunque tengan razones importantes para evitar por ahora la procreación, el método que elijan para ello ha de ser conforme al plan de Dios.

 

Dios creó a la mujer de forma que pudiera embarazarse sólo unos cuantos días al mes, de forma que la unión sexual no implicara necesariamente un nuevo hijo. Además, hizo que la mujer pudiera saber por ciertos signos externos cuáles son esos días.

 

Los métodos que respetan el plan de Dios son los que se basan en la observación de los períodos fértiles de la mujer. El cuerpo de la mujer proporciona signos muy claros de su fertilidad, como el aumento de temperatura corporal y la cantidad y viscosidad del moco cervical.

 

Un matrimonio que no esté en condiciones de afrontar un nuevo hijo (por motivos económicos, de salud u otros suficientemente proporcionados: no es suficiente ‘cualquier’ razón) puede retrasar los embarazos mediante la abstención del acto sexual en los días fértiles de la mujer sin violentar el proyecto de Dio

 

Parece que la Iglesia está en contra del sexo, ¿no?

Para la Iglesia la comprensión del sexo es y ha sido siempre muy positiva. Lo entiende como algo maravilloso. Sí, maravilloso, porque Dios lo pensó como FUENTE DE AMOR Y DE VIDA. Dios inventó el sexo, podríamos decir, de Él procede y tiene ante él una enormemente importancia, ya que Dios es también Amor y Vida.

 

Por ello, el sexo no puede ser malo en absoluto. Si Dios quiso añadir a la unión corporal entre hombre y mujer un intenso placer físico no es para ponernos piedras de tropiezo, sino para encender y aumentar el amor de los esposos y, como fruto de ese amor, originar nuevas vidas.

 

El problema viene cuando se disocian voluntariamente esos dos componentes, el amor y la vida. Entonces el sexo se convierte en algo enormemente destructivo.

 

Ocurre algo parecido al fuego: el fuego es maravilloso, basta ver su centellear en mil tonos de amarillo y rojo en una chimenea mientras escuchamos el crepitar de los troncos. Pero si a continuación vemos ese fuego en los pisos, paredes y techo de la casa, ya no nos parecerá maravilloso. Se convertirá en algo terrible. Así sucede también con el sexo.

 

Integrado en el amor mutuo y definitivo de un hombre y una mujer que respetan el plan divino, es algo grandioso. Fuera de él, a pesar de su apariencia atractiva y fascinante, como el fuego en las paredes y techo de la casa (a Nerón le resultaba fascinante el incendio de Roma), la destrucción que puede ocasionar es terrible. Tanto, que acabe con la felicidad presente y posiblemente también con la futura felicidad matrimonia