P. Paulino Toral

Cristianismo y Moral

 

I Religión y Moral

 

No es lo mismo ‘religión’ que ‘moral’. Ente religión y moral hay similar relación a la que se da entre vida familiar y reglas familiares: Toda familia tiene normas de conducta (respeto, obediencia, horarios, costumbres en el uso de los enseres domésticos, la nevera, el vehículo, lugares para dejar las cosas…); pero la vida de familia no puede reducirse a unas normas y reglas de conducta. En la vida familiar, efectivamente,  existen unas normas elementales de convivencia; pero la vida familiar es mucho más que el cumplimiento de unas reglas y la observancia de unas normas. En la familia existen unos vínculos de sangre y, sobre la sangre,  unas fundamentales relaciones de amor, cariño, ternura: el hogar…  Así mismo en la religión.

 

En una religión correctamente planteada, hay unas normas de conducta; pero una religión es mucho más que un conjunto de reglas, preceptos y normas. Una religión bien entendida, no puede dejar de exigir a sus miembros una determinada conducta; por ejemplo, sobriedad, honradez, fidelidad, castidad… Pero la religión es mucho más que una propuesta moral.  Por lo menos a nosotros, los católicos, se nos exige el cumplimiento de los mandamientos (recordemos a Jesús y el Joven rico)[1]; pero para nosotros,  la religiónes mucho más que los Diez Mandamientos.

 

El cristianismo es, ante todo, una relación (religión = religare = relación) interpersonal con Dios; una relación de fe, de amor y de esperanza  (creo en Dios y creo a Dios; amo a Dios y amo en Dios; espero en Dios y espero a Dios). A la vez, nuestra religión implica unas creencias (creemos que Dios existe; que es Padre, Hijo y Espíritu Santo; que el Hijo vino al mundo para salvarnos y que tiene una Madre; que fundó ‘su’ Iglesia; creemos en los Sacramentos…). También en nuestra religión hay unos  actos de culto. Adicionalmente, nuestra fe católica, por supuesto, nos  propone unas normas de conducta: las normas morales.

 

La religión Católica posee unas normas morales, pero no se reduce a un conjunto de normas morales.  Imaginémonos que nuestra religión se redujese sólo a un conjunto de normas morales (no matar, no mentir, hay que ir a Misa el domingo…) y nada nos dijera de los grandes Misterios de nuestra fe (que Dios es un Padre amoroso; que Él creó el mundo por amor; que el hombre cometió el pecado original; que Dios nos envió a su Hijo para salvarnos del pecado; que el Hijo de Dios se hizo hombre tomando un cuerpo y un alma como los nuestros en las purísimas entrañas de la Virgen María; que Jesús fundó la Iglesia con los Doce Apóstoles, etc.), ni nos ofreciera la ayuda de los Sacramentos (por ejemplo, si no existiera la Confesión y la Eucaristía) si así fuese, el catolicismo no sería nada atractivo: todo reducido a un conjunto de normas morales

 

Nosotros tenemos un conjunto de verdades en las que hemos de creer (Credo); se nos indican las normas de conducta que hemos de observar (Mandamientos); y se nos ofrecen unos modos a través de los que podemos  conseguir la gracia divina para vivir como hijo de Dios (Sacramentos).  

 

Entre Credo, Sacramentos y Mandamientos hay plena intercomunicación: En el Credo contiene las grandes Verdades que nos motivan para vivir como hijos de Dios, hermanos de Cristo y Templos del Espíritu. En los Sacramentos encontramos la fuerza de la gracia divina que necesitamos para vivir como discípulos de Cristo. Los Mandamientos son las ‘señales tráfico’ que nos indican dónde está el camino que hemos de seguir – Cristo dijo “Yo soy el Camino’[2]– para llegar al Cielo.

 

Entre nuestras creencias religiosas y nuestra vida moral debe haber una unidad. Nuestra religión nos llevará a una vida moral, y nuestra vida moral, hondamente mirada, necesita de nuestra religión.

 

II ¿Una Moral sin Religión?

 

Sin embargo, hoy se nos proponen programas morales sin referencia religiosa, por ejemplo,  que parten del concepto de persona, o buscan un mundo mejor, o sueñan en la paz mundial o la fraternidad de la raza humana. Todos, programas en los que el hombre tiene una idea: no necesitamos de Dios.

 

Lo malo de estos sistemas está en el peligro de caer:

 

·       En el moralismo: reducir la vida al cumplimiento de unas normas de conducta;

·       En el  narcisismo moral : no vivo en presencia de Otro que me supera, Dios, y al que trato de amar haciendo Su voluntad y que sé me mira con cariño porque soy su criatura y él mi Creador, sino ante el espejo de mí mismo: soy maravilloso;

·       En  relativismo moral : no tengo un Ser Superior que me da unas normas inmutables, sino que yo mismo me las doy; y cada hombre se las da a sí mismo, y cada tiempo tiene sus normas, y cada lugar tiene las suyas…

·       En la agresión a toda religión: el planteamiento de una moral sin referencia religiosa, cae siempre en la pretensión de negar validez a los comportamientos morales de origen religioso, achacándolos de indignos del hombre, de esclavizantes, de alienantes, de humillantes… 

·       Lo peor de los sistemas morales ateos es el de vivir en mundo huérfano de Dios

 

Hoy se ha pasado de la identificación ente religión y moral, y de la reducción de la religión a la moral (es decir, el moralismo que reduce la religión a un código de conducta sin referencia interpersonal con Dios) a, no sólo la separación  radical de la moral respecto a la religión, sino al extremo de contraponer  la moral y la religión: la única manera de vivir una vida moral es  siendo una persona irreligiosa y atea… Por ello, quienes así piensan, no usan ya el término moral, sino el de Ética.

 

III La Moral Religiosa

 

La conducta humana ha tenido siempre un amplio eco religioso. "Actuar bien" ha tenido que ver siempre y en todas partes con las tendencias religiosas de cada cultura. De hecho, todas las religiones contienen preceptos morales porque "la divinidad" demanda del hombre una conducta moral adecuada a las propias creencias religiosas.  Las religiones siempre proponen normas morales que regulen la conducta humana. Por ejemplo, el budismo los cinco mandamientos (no matar, no robar, no adulterar, no mentir, no drogarse); el mahometismo las cinco columnas (profesión de fe, oración, limosna, observancia del Ramadán y la peregrinación a la Meca); el judaísmo, los Diez Mandamientos; el confusionismo su cinco deberes universales...

 

Cada religión tiene diverso fundamento para las nociones de bien y mal. Para unas es el orden cósmico: el bien consiste en respetarlo, el mal está en contradecirlo (la new age ha puesto de moda la concepción oriental de la armonía con el cosmos): Sintoísmo. En otras religiones el bien es la purificación interiormediante la negación de sí mismo, y el mal es degradarse interiormente por el goce de los placeres (Hinduismo, Budismo). Para otras el bien es respetar la norma divina, el mal desobedecerla. Estas normas no sólo ordenan la relación con  la divinidad, sino también con los demás (Judaísmo).

 

El Cristianismo no niega lo correcto de las demás visiones religiosa; pero va mucho más allá, mucho más arriba y mucho más adentro. El Cristianismo, por supuesto, afirma un orden cósmico en la ley natural; exige una purificación interior a través de la ascética;[3] y afirma la existencia de unos preceptos divinos: Pero no se reduce a nada de esto.

 

El cristianismo es la manifestación o revelación del Dios Amor, a través de Jesucristo,  que nos propone (no impone) una relación de amor. El cristianismo ni es un moralismo, ni la moral cristiana desprecia el componente religioso. Jesús sintetiza su planteamiento así:Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino por mí[4]

IV Negación de la Moral Religiosa

 

Hoy, por culpa de la falta de fe en Dios (que existe, incluso en sectores de la misma Iglesia, como ocurrió en los mismos inicios)[5], se quiere negar el nexo que existe entre moral y religión para afirmar que no se necesita de la religión para vivir una vida moralmente correcta: el hombre puede ser bueno sin Dios. Y no sólo esto. El ateísmo ético afirma que es preciso llevar a cabo una liberación por parte de la ética de toda instancia moral religiosa porque la religión aliena al hombre. Este rechazo de la religión se concreta en tres graves errores que están allí, en la vida y mentalidad del hombre de hoy.

 

·       El hedonismo (= el fin supremo de la vida es el placer; la felicidad es el placer) ve en las exigencias morales, concretamente en las del cristianismo, un obstáculo para la realización humana, entendida ésta como consecución del pleno placer. 

·       El antropocentrismo (= el hombre es el centro y la medida de todo) afirma que cualquier imposición moral anula la autonomía propia del hombre.  

·       El psicologismo (= sustitución de lo espiritual - sobrenatural por lo psicológico - natural) niega su licitud a la visión de la conducta humana que tiene como punto de referencia el bien y el mal - la moral -  (con la consiguiente negación del pecado), para sustituir tal distinción por parámetros tales como la de "armonía con uno mismo", "autorrealización" o “el sentirse bien”, “traumas”, “fobias”, “adicciones”, “dependencias”. La Psicología bien entendida no niega a Dios; el psicologismo es un intento de sustituir a Dios por el hombre: Dios sobra; basta el hombre… Detengámonos en el psicologismo.

 

Tanto al apóstol católico (sacerdote o laico) como al psicólogo acuden personas con problemas. El apóstol, en su afán de enfocar el caso desde su perspectiva propia (la sobrenatural, espiritual o moral), no ha de olvidar que tiene ante sí, no un ‘alma’, sino a una persona completa, también con su cuerpo y su psiquismo. Al hacer el diagnóstico y buscar una solución, no puede negar las posibles causas corporales (enfermedades, cansancio) y psicológicas del problema. No cabe duda de que en ciertos desarreglos de las personas, pueden influir aspectos psicológicos, ocasionados por vivencias del pasado (falta de amor, violencia familiar, ambiente social adverso, maltrato infantil, etc.) o del presente (estrés, vacíos afectivos, desubicaciones laborales, etc.), o del futuro (miedos, inseguridades, etc.).

 

Pero, es propio del Apóstol católico, sin negar los aportes de su personal ciencia humana, dejarse iluminar de lo que la fe nos enseña, en particular sobre el dato revelado del pecado original[6]A saber:  todo ser humano, como consecuencia del pecado original, lleva dentro de sí unas malas inclinaciones o concupiscencias, que, si son secundadas libre y voluntariamente por la persona, se transforman en pecados. Y que esas concupiscencias no están originadas en acontecimientos del pasado, del presente o del futuro de la persona, sino mucho más allá: en la historia y en los orígenes de la humanidad.

 

El Apóstol católico sabe que las circunstancias de la persona que a él acude han potenciado y agravado las concupiscencias (la vida desordenada de una persona, desordena más el desorden de las concupiscencias que ya llevaba dentro); pero sabe también que jamás esas circunstancias las han originado, ya que ellas son anteriores, incluso, a todo influjo ambiental, ya que toda persona humana las contrae desde el instante mismo de su concepción. Pues bien, el Apóstol católico cae en el psicologismo cuando pretende, o negar las malas inclinaciones innatas del ser humano, o si las detecta, explicarlas sólo por causas que provienen de la historia del propio ser humano que trata. El psicologismo es un desenfoque del que adolecen no sólo pocos psicólogos, sino, mucha gente, que para los problemas espirituales y de conciencia buscan la orientación psicológica. Hoy muchas parejas, mucha gente que está en la sala de espera de los Psicólogos, debería ir a la cola de los confesonarios…

 

Muy en contra de lo que se piensa en el mundo de los psicólogos, un psicólogo católico no deja de ser un profesional serio si también se deja iluminar por las luces de la fe de las que se vale el sacerdote; sólo que, en lugar de abordar la problemática de su paciente desde la perspectiva sobrenatural  de la fe – sobre todo cuando su paciente no es católico – se limitará a orientarlo dentro de su área propia, cual es la natural. Si un padre es policía, y está aconsejando a su hijo sobre la temática de la delincuencia, lo hará con la ciencia que todo padre tiene al respecto, pero ¿quién negará la posibilidad que tiene de valerse de su experiencia comopolicía?   Si un psicólogo católico orienta a una persona ¿cómo va a prescindir de los torrentes de profunda sabiduría que le viene de la Revelación, de lo que Dios mismo sabe sobre Su humana criatura, pensando que así respeta más al paciente? El deberá expresartoda la verdad (no hay ‘mi’ verdad o ‘tu’ verdad; sólo existe ‘la’ verdad) independientemente de que el paciente crea o no crea; luego el paciente sabrá si hace caso o no hace caso. Mi paciente es muy libre de venir o no venir a mi consultorio; pero si viene, yo no puedo ser sólo psicólogo, pero no católico… Si me dice: no me hable de religión… yo le diré: No le impongo mis conocimientos; sólo le expongo. Ud. puede aceptarlos o no (como si el hijo del policía le dijera: no me hables del mundo del delito con tu experiencia de policía; háblame sólo como mi padre).

 

Y esto que decimos del psicólogo, lo afirmamos también de los que dan unas charlas en los colegios sobre temas sexuales: No puede dejar de terminar hablando como católico… hablando de Dios. Si un charlista católico calla a los jóvenes el hecho del pecado original y su influjo está cometiendo una grave omisión. Además, a los chicos y las chicas no tenemos que demostrarles la existencia de las malas inclinaciones, fruto del pecado original, porque las siente a diario y las ven en la vida suya y de los demás… Nuestra misión simplemente consistirá en dar un nombre a lo que ellos viven ya. Y de allí en adelante, podremos hablarles de Dios, y Su gracia, y la necesidad de los Sacramentos…

 

Todo Apóstol católico tendrá que hablar a las personas con los términos propios de la moral y la espiritualidad cristiana[7], y el psicólogo tendrá que mantenerse dentro de su área científica y su perspectiva simplemente natural. Sin embargo, el psicólogo católico, ¿por qué no va a poder hablar de castidad a un paciente que ha caído en un ‘desequilibrio psicológico’ a base de ser infiel a su esposa (como sacerdote que soy, conozco hasta el fondo de los desarreglos psicológicos que conllevan todos los pecados… Por ejemplo, como el esposo infiel por lujurioso y mentiroso, cae en el stress, en el nerviosismo, en la inestabilidad de carácter…) ; o detemplanza, a un chico que ha caído en la droga? Sobre todo, partiendo de que tales ‘valores’ (virtudes) y ‘contravalores’ (vicios y pecados) pertenecen a los planteamientos incluso de una ética puramente natural…

 

Un peligro muy serio del psicologismo es el de negar la posibilidad que tiene la persona de auto-ayudarse, saliendo por sí mismo de su problema (claro, ayudado por la Gracia). Así como, según el psicologismo, no intervino en su derrumbamiento (porque él fue sólo víctima inculpable de no sé qué traumas del pasado…), tampoco está capacitado para recuperarse, ya que todo su caso está originado en unas causas que no dependieron de él; tampoco ahora está capacitado para salir hacia delante por sí mismo. Si, por lo contrario, se le responsabiliza de su situación, se le pude decir: “así como tú has caído voluntaria y libremente, así también, puedes salir de tu situación, si tú quieres”. Qué sabia, incluso desde el punto de vista psicológico, es la sentencia de San Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (para traerme a este mundo, Dios, no me pidió mi parecer – ¡si ni siquiera existía! -; pero para llevarme al Cielo no lo hará sin mi adhesión voluntaria y libre, sin mi anuencia y consentimiento). Al respecto tengo un ejemplo: Una chica alcohólica me dijo un día: ‘Padre, un psicólogo me dijo que como mi padre fue alcohólico, por eso yo también lo soy’. Yo le dije: ‘Si tú has tenido un padre alcohólico, al haber vivido el infierno que tu padre generó en tu hogar, tú, más que otras chicas y chicos, estás capacitada y obligada a no ser alcohólica. De los padres siempre podemos aprender: lo bueno, para hacerlo; lo malo para no hacerlo. Hubo un día en el que libre y voluntariamente te tomaste la primera copa; ahora, también eres libre de tomar o no tomar la última… si no la tomas, has vencido el alcoholismo para siempre. Decide”.

 

V Una pretendida “Ética Civil”

 

Es una pretendida ética independiente de cualquier fundamentación religiosa y basada en valores aceptados por cualquier sociedad civil democrática. Es, se dice,  la única ética posible hoy en día; una ética aceptable por una sociedad pluralista.  Los riesgos de estos planteamientos son: Quedarse en un programa moral consensuado en el que el bien y el mal dependan de la voluntad arbitraria de los ciudadanos de cada lugar y cada tiempo. Que, ante las dificultades por alcanzar dicho consenso, se rebajen las exigencias morales, corriéndose el peligro de caer en la moral de "mínimos" que ni siquiera lleguen a alcanzar los principios enunciados en las Constituciones o en la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU. Que se renuncie a buscar un fundamento moral seguro para la convivencia para quedarse en valores nada exigentes y totalmente fáciles. Que, si este tipo de "morales" se infiltren en el ámbito católico, se prive a la sociedad de las riquezas morales del cristianismo. Es verdad que el catolicismo no debe imponer sus principios a todos los hombres, pero tampoco puede renunciar al derecho de proponerlos a todos los hombres. La traición a su Señor y a los hombres sería patente.

 

La actitud de los católicos ante estas doctrinas morales será doble: denunciar sus insuficiencias y, al mismo tiempo, ofrecer la moral católica con convicción, sabiendo que poseemos las claves para solucionar los graves problemas en los que se debate nuestro mundo...



[1] Lc 18:18-27

[2] Jn 14:6-14

[3] Ascética es una palabra relacionada con ascensión, con elevación; elevación desde lo  material a lo espiritual, de lo puramente humano a lo divino, de lo simplemente natural a lo sobrenatural. La ascesis cristiana conlleva una constante superación de nosotros mismos, negando nuestras malas inclinaciones para vivir en presencia de Dios Padre, en el Hijo, con la ayudad del Espíritu Santo.

[4] Jn 14:6-14

[5] Jn 6:64: Pero hay algunos de vosotros que no creéis. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién era el que le iba a traicionar.

[6] El Catecismo de la Iglesia  trata del pecado original en los números 386 y siguientes.  Dice el nº 387 La realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente. En el nº 401 dice: Lo que la revelación divina nos enseña coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros hombres y con todas las cosas creadas.  En resumen: Dios concedió a Adán y Eva: 1° la gracia santificante (o amistad con él); 2° el conocimiento perfecto de las cosas; 3° estar libres  de las malas inclinaciones, y 4° no estar sometidos al dolor ni a la muerte. El Señor concedió estos dones a nuestros primeros padres y a todos sus descendientes, siempre y cuando le obedeciéramos. Adán  y Eva desobedecieron a Dios y cometieron el pecado original. Después de la desobediencia, nuestros primeros padres perdieron el don de la gracia y tuvieron miedo de Dios; quedaron sometidos a la lucha de las pasiones, a la ignorancia, al dolor y a la muerte. El pecado de nuestros primeros padres perjudicó a ellos, y también a sus descendientes, que quedaron privados de la gracia y también de los demás dones. El pecado original es aquel que cometieron Adán y Eva y el con el que todos nacemos, heredado de nuestros primeros padres. "Pecador me concibió mi madre" (Sal 50).  "Todos nos hallamos bajo el pecado" (Ro 3, 9). Nosotros no ‘cometemos’, sino que ‘contraemos’ el pecado origina. En nosotros es como una enfermedad sobrenatural congénita que heredamos por el hecho de ser humanos. Se borra con el Bautismo. Para conocer el fundamento bíblico del pecado original consúltese: Gn 3:1-7 y Ro 5:12-15

 

 

 

[7] Pecados capitales y sus virtudes opuestas:  soberbia – humildad, envidia – caridad, lujuria – castidad, gula – templanza, ira – paciencia, avaricia – generosidad, pereza – diligencia. Frutos del Espíritu Santo: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad.