P. Paulino Toral

Esquemas de las Homilías del P. Paulino

 

1º Domingo de Adviento, C Preparemos, no regalos costosos, sino valiosos

 

1. Introducción:

a. En Navidad no hemos de ‘desear’ la felicidad a los nuestros, sino que la hemos de dar: Ellos nos dicen: Por favor, no me desees la felicidad; dámela. Par dar felicidad en los demás, no les hemos de dar regalos costosos (neveras, microondas, ipods, etc.) sino regalos valiosos. Para ello, pidámosles a aquellos que esperan nuestro regalo que nos escriban qué desean que les regalemos… Por ejemplo, la esposa puede decir: séme fiel de ahora en adelante; no te pases de copas en las fiestas, en lo sucesivo; sé más hogareño, dándonos más tiempo a tu mujer e hijos. El esposo puede decir a la esposa: cuando venga del trabajo, quisiera encontrarte en la casa; por favor, se más dulce, más tierna, menos fría. Los hijos podrían decir: papá y mamá, mi regalo va a ser el de tomarme más en serio mis tareas; voy a ser más puntual en mis llegadas; no voy a hacerles pasar tanta hora de angustia por las noches, al llegar de las fiestas cuando ya ha amanecido. Los hermanos pueden decirse: no te tendré envidia; te ofrezco no ser tan irascible, te prometo respetar más tus cosas… En fin, la gente puede hacer su lista de regalos valiosos y nosotros no tendremos que mover la tarjeta de crédito, ni la chequera…

b. El que seamos capaces de dar regalos valiosos, espirituales, depende de cómo enfoquemos el Adviento y la Navidad

2. A través de un Adviento superficial y mundano, se llega a una Navidad superficial y triste.

a. A través de un Adviento espiritual, se llega a una Navidad espiritual. Lo que sembremos ahora cosecharemos en Navidad...

b. Adviento, camino de preparación a la Navidad. El camino se llama “Esperanza”. No la esperanza con minúscula de alcanzar metas puramente materiales; metas que en muchos casos, dado el panorama económico, no podremos realmente alcanzarlas, porque la consecución de esas metas no depende de nosotros, sino de la decisión de los que tienen en sus manos en poder económico del mundo y del país. Una de las fuentes más grandes de frustración y tristeza del ser humano es el deseo de lo que nunca va a alcanzar... Por esto, las esperanzas materiales nunca serán las que animen de modo primario la vida de un cristiano.

c. La Esperanza (con mayúscula) de la que hablamos es la de la consecución de las más importantes metas que se nos puede ofrecer: las espirituales. Nadie es tan pobre que no pueda amar más a su cónyuge, a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos o amigos, nadie tan pobre que no pueda dar un poco más de comprensión o ofrecer un poco más de paz... Para concederse al alegría de poseer un corazón limpio de maldades no hace falta tener muchos dólares;  la pureza de alma, de sentimientos y pensamientos es un “lujo” que está al alcance de todo bolsillo. Para tener paciencia con mi hermano, para superar la lujuria, para dejar atrás para siempre mis soberbias, mis rencores, mis envidias, mis resentimientos... no necesito tener chequeras con buenos fondos.

3. Adviento: Cuatro semanas preparatorias de Navidad.

a. S. Bernardo dice: Hay una triple venida del Señor. La 1ª, el Nacimiento; la 3ª, la del Juicio final; la intermedia, que se da en nuestra vida cuando le recibimos por amor en lo más íntimo de nosotros mismos: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14, 23). La 1ª y la 3ª venida dependen sólo de Dios; la intermedia también de nosotros. “Esperad y apresurad la venida del Señor”, dice S. Pedro. ¿Vivimos interesados en ella? ¿La apresuramos?  ¿La retrasamos?

b. Cristo ya vino humildemente hace dos mil años a la Historia como Hermano. Cristo vendrá glorioso al final de los tiempos como Juez. Entre estas dos venidas quiere venir a mi vida como Redentor... Vino a la Historia; pero ¿ha venido ya a mi historia? La historia universal se cuenta en un “después de Cristo” ¿y la mía?

4. La venida intermedia depende de varias cosas:

a. Que yo sienta vivamente necesidad de Cristo, que la añore, que tenga nostalgias de ella. Y esto por varios motivos:

                 i.       Dios no impone Su Amor; sólo lo propone, y espera que el hombre mueva su pieza en el tablero de ajedrez; que desee vivamente la presencia de Dios en su existencia.

               ii.       Por la necesidad de que no caiga en la presunción o la miopía espiritual, en la ausencia de horizontes: “yo ya” soy ya bueno, ya amo a los míos como es debido… Para que yo conozca y reconozca mi pobreza creatural… El amor, según la mitología clásica, nació de la unión entre el dios de la abundancia y la diosa de la escasez.

              iii.       Para que si veo mis necesidad, no caiga en la desesperación: “yo ya no” tengo arreglo… y confíe en Él y fomente en mí la esperanza: “aún no”.

b. Que esté dispuesto a remover los obstáculos entre yo y Dios, y yo y los demás.

5. En realidad, la vida entera es un Gran Adviento, un tiempo de “espera” y de “esperanza”.

a. Cada adviento litúrgico ha de servirme para intensificar el espíritu existencial de adviento, el adviento espiritual: Jesús en el evangelio dice: “Estad preparados porque no sabéis el momento”. Mi vida entera deben transcurrir bajo estas dos palabras: “aún no”. En ellas se encierran dos grandes verdades: 1. No soy lo que debo ser y 2. Todavía puedo intentarlo.

b. La vida es una como una sala de espera porque no sé en qué momento me tocará mi turno… Pero también es una sala de esperanza (de espera esperanzada), con los dos componentes de esta virtud: estoy enfermo, no soy lo que debo ser; pero confío en mi Médico: él me dará lo que necesito. Espero, pero no a cualquiera, sino a un Dios que salva, a mi Salvador, él es mi Esperanza. Lo que da sentido a mi espera es mi esperanza. Si la espera es una actitud neutra y pasiva, la esperanza en positiva e interiormente activa: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él  y él conmigo” (Apocalipsis 3, 20).

c. En esperanza fuimos salvados (Ro 8,24). Según la fe cristiana, la « redención », la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino.

6. Si esto es así, ¿en qué concretamente debe consistir mi Adviento?

a. Tiempo para acrecentar mi nostalgia de Dios. Para ello, adviento ha de ser tiempo de un  sincero y valiente examen de conciencia. Es necesario ‘conocer’ y ‘reconocer’ nuestros pecados (como el enfermo de su enfermedad: nunca se curará sin niega su enfermedad).

                 i.       Para conocer, ha de ser tiempo de buena voluntad concretada en una sencilla, sincera y pacífica apertura a mi prójimo (esposos, hermanos, hijos, amigos, compañeros), a aquellos que porque conviven conmigo me conocen y pueden decirme mis fallos, errores, manías, obsesiones… Sólo así podré conocer mis fallos…

               ii.       Para reconocer he de preparar una buena Confesión: Hay que reconocerlo, como lo hizo Israel: “Todos éramos impuros... estábamos marchitos... Nadie invocaba tu nombre...”  (1ª lectura). No se puede saborear la alegría del perdón sin se comienza negando el pecado: El pecado es obstáculo para la Esperanza sólo si no se lo conoce y no se reconoce.

b. Y hemos de saber que, incluso de nuestra condición pecadora hemos de tener una visión positiva: Misteriosamente Dios permite el pecado para que lo busquemos con más necesidad.

                 i.       Esta es la dramática pregunta: “¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte?

               ii.       Esta se la misteriosa respuesta: El pecado es un misterio. Sólo puede entenderse que Dios, a pesar de su Poder y su Amor, nos deje caer, a la luz de esta desconcertante afirmación de Ro 11, 32: “Dios nos encerró a todos los hombre en el pecado para tener misericordia de todos”. Dios es “tan Dios” (tan Amor), que él no deja de ser lo que es porque yo sea lo que soy, y precisamente cuando yo soy lo que soy (un pecador), él se manifiesta más increíblemente enamorado de mí su “gusanito humano”. Esto da mucha alegría, incluso en el fondo de mis miserias...

              iii.       No basta con saberse pecador. La sola conciencia de mis pecados me puede llevar a la amargura y a la tristeza. Un cristiano debe ver sus pecados a la luz de la Misericordia y del Amor de Dios. Siempre, por muy perdido que el hombre esté, la Fe en la existencia de Dios y en su Amor, es fundamento para la Esperanza:“Tú, Señor, eres nuestro Padre y nuestro redentor; ese es tu nombre desde siempre...tú eres nuestro padre, nosotros somos de barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”. La convicción de que Dios es mi Padre me da pie para el optimismo: seré un hijo pródigo (Lc 15, 11), pero ante todo un hijo.

              iv.       El saberse barro no nos tiene que entristecer si nos sabemos en manos de Alfarero que me puede moldear en tanto yo permanezca blando y moldeable en sus manos. Dios me ama a mí en concreto. No basta estar convencido de que Dios ama genéricamente a “los hombres”, sino que Dios me ama a mí, así como soy. Sólo entonces podremos constatar la increíble Bondad de Dios: mis pecados son el telón de fondo oscuro sobre el cual brilla la Luz del Amor de Dios (“Yo soy la Luz del mundo”). Sólo así podremos decir llenos de alegría: “Jamás se oyó decir, ni nadie vio jamás que otro Dios, fuera de ti, hiciera tales cosas a favor de lo que esperaban de ti”  (1ª  lectura).

c. Porque adviento es tiempo de Esperaza, ha de ser tiempo de Oración. Entre Esperanza y oración hay una muy estrecha relación, como enseña el actual Pontífice:”El lugar donde mejor se vive y aprende la Esperanza es la Oración: Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar –, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad...; el que reza nunca está totalmente solo”.[1]

7. Si Dios es misericordioso conmigo, yo he de ser misericordioso con mi prójimo.

a. En la vida hogareña: hacer felices a los que viven conmigo, teniendo misericordia y paciencia con sus miserias y su límites (cada uno tiene su “cadaunadas”; yo las mías, mi esposa, mis hijos, mis amigos... las suyas). He de amar al prójimo con sus miserias como yo soy amado por Dios. Un amor que se detiene ante los defectos no es amor, como el amor  de una madre que deja abandonado a su hijo, que por desobediente ha ido a parar en un hospital por un accidente de carretera…

b. Los necesitadosQuien cierra sus oídos al clamor del necesitado no será escuchado cuando grite (Proverbios 21,13). Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar el mal, aprended a obrar el bien; ayudad al necesitado, defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid. Aunque vuestros pecados sean como la púrpura, blanquearán como nieve; aunque serán rojos como escarlata, quedarán como lana” (Is 1, 16-18)

8. Nos ponernos en manos de María, que es la que mejor vivió el Adviento y la Navidad.

a. Ella vivió el Adviento como nadie, preparándose sólo para una cosa: recibir a Jesús.

b. Ella vivió la Navidad como todos debemos vivir. No con tantas cosas superfluas, sino con lo “único necesario” (Lc 10). Su Navidad fue Jesucristo.

c. Ella vivió su Adviento en una espera esperanzada

d. Nunca pecó de presunción, a pesar de ser la llena de gracia, porque bien sabía Ella que Dios era Su salvador: “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador

e. Tampoco peco de desesperanza, porque su espíritu se alegraba en Dios su Salvador, y porque su “humillación” fue el imán que atrajo la mirada del Señor: “Porque ha mirado la humillación de su esclava”. Y todas las generaciones le llamarían bienaventurada, feliz, dichosa “desde ahora”

f. Ella no tuvo obstáculo alguno ante “Dios su Salvador

g. Ella vivió el amor al prójimo en medio de su Adviento: apenas el Ángel la deja, va a visitar a la anciana Isabel, que necesita de sus servicios. Se hizo próxima a la que estaba lejos, en la montaña.



[1] Benedicto XVI, Carta Encíclica Spe Salvi, nº 32