P. Paulino Toral

Carta a un hijo hastiado de escuchar los consejos de su madre

 

Querido Pablo:

Esta es la carta más importante de todas las que te he escrito hasta el momento y espero que la tomes con la seriedad que se merece. He meditado y orado mucho por lo que quiero decirte, y creo que lo que he decidido hacer es lo correcto. He ejercido mi papel de madre en comunión con Dios, y, eso, hijo mío, da mucha fortaleza y libertad para ejercer la autoridad.

Durante Los últimos años hemos vivido teniendo una lucha muy dolorosa. Has tratado de liberarte de mis valores y mis deseos para vivir mejor, mientras he tratado de obligarte a hacer lo que ambos sabemos es lo correcto. Incluso a riesgo de ser una regañona he insistido en decirte que vayas a la iglesia, que escojas bien tus amistades, que saques buenas calificaciones en la escuela que vivas como un verdadero cristiano, que te prepares con sabiduría para el futuro. Estoy segura de que te has cansado de escuchar mis consejos y advertencias, pero sólo he querido lo mejor para ti. Esa era la única forma que conocía para ayudarte a evitar que cometieras algunos de los errores que tantos otros han cometido.

Sin embargo, durante todo el mes pasado he pensado mucho en todo y creo que mi tarea como madre ha llegado a su fin. Desde el día en que naciste, todo mi afán fue hacer lo que era mejor para ti. No siempre tuve éxito; cometí errores y fracasé en muchos aspectos. Algún día sabrás lo difícil que es ser buenos padres quizás entonces me entiendas mejor que ahora. Pero hay algo de lo que puedes estar seguro: Siempre te amé y te sigo amando con toda mi alma. No puedo expresarte la profundidad de mi amor durante todos estos años, amor que no ha cambiado ni cambiará jamás, aunque nuestra relación de ahora en adelante ya no será la misma. ¡Desde este momento eres libre! Puedes rechazar a Dios o aceptarlo. De todos modos, serás tú quien tendrá que rendirle cuentas. Puedes casarte con quien quieras y no oirás ni una queja de mi parte. Puedes ir a la universidad que prefieras. Puedes fracasar o tener éxito en cada esfera de actividad de tu vida. En este momento se ha cortado el cordón umbilical. Simplemente te lo recuerdo: en la medida que quieras ser libre serás responsable de lo que hagas o dejes de hacer; claro, responsable ante Dios… Y con Dios no se juega, hijo mío.

Confío en ti, hijo mío. Tienes mucho talento y has sido bendecido de muchas diferentes maneras. Creo que Dios guiará tus pasos y tengo fe en el futuro. A pesar de los resultados, siempre tendré un amor muy especial en mi corazón para ti, querido hijo.

Termino dándote un último consejo, hijo de mi alma: pregúntate siempre si lo que vas a hacer tiene el visto bueno de Dios, porque lo único que garantizará el buen uso de tu libertad será que la uses para el bien, que la uses según el Espíritu de Dios, porque sólo “donde está el Espíritu del Señor está la libertad” (2 Co 3:17). Cualquier uso de tu libertad en contra de los mandamientos del Señor, hijo, te llevará a la ruina de tu persona y al malogro de tu destino…

Con todo cariño.

Tu mamá