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La CDV tiene un objetivo religioso, es un espacio de apostolado y un campo de evangelización. Nuestra misión es evangelizar los orígenes de la vida humana. Y esto es aplicable a todas las áreas: Plan Buena Esperanza (embarazadas), Rescatadores (enfermos), Edén (novios), Guías (estudiantes), Mensajeras (chicas), Mensajeros (chicos).

 

¿Cuáles son los orígenes de la vida humana? Muy sencillo: - La sexualidad humana. El cuadro La CDV en pocas palabras explica esto con mucha claridad. Como se ve en el cuadro, nosotros nos hemos propuesto ordenar según Dios la sexualidad. Por esto trabajamos con las madres embarazadas, la juventud y los enfermos de sida.

 

En el mundo actual hay tres espacios de corrupción: el dinero, el poder y la sexualidad humana.

 

Hablando de la sexualidad, así como lo puso en la comida, Dios puso en el sexo un placer. Si comer fuera algo traumático, doloroso, nauseabundo y desagradable, quizá no comeríamos. Igualmente, si la procreación fuera algo insufrible, desagradable, traumático y horripilante, nuestros padres no habrían sido tan heroicos como para traernos al mundo. El placer, pues, en el plan de Dios, dentro del noble amor de los esposos y con miras a la  procreación, tiene su razón y explicación de ser. 

 

Pero el hombre de hoy, dando la espalda a Dios, ha desvinculado el placer sexual de la procreación, del matrimonio y de la familia, y lo ha transformado en un fin en sí mismo, de modo soberbio, en contra del proyecto del Creador. Esto explica que, buscando el placer sexual, la raza humana ha caído en una serie de desenfoques, perversiones y atrocidades: las relaciones prematrimoniales, las infidelidades matrimoniales, el adulterio, el aborto, la homosexualidad, el lesbianismo, el travestismo, el vicio de la masturbación, la pedofilia (sexo con niños), la prostitución, la pornografía, la trata de blancas, la ideología de género, la maternidad soltera, el incesto y muchas maldades más.

 

Como consecuencia del abuso sexual se ha presentado el sida. El sida y todas las ETS son consecuencia del inmenso desorden sexual de la humanidad: Cuando el hombre actúa contra la naturaleza, la naturaleza se viene contra el hombre (como pasa con la contaminación del agua y el aire). En este sentido es verdad lo que alguien ha dicho:”Dios perdona siempre; el hombre, a veces; la naturaleza, nunca”. El hombre ha abusado del sexo, que fue pensado por Dios como fuente de vida,  transformándolo en fuente de muerte, cobrando incluso la vida de inocentes niños. Decía Lewis Dios habla a un mundo de sordos a través del megáfono del sufrimiento”. Ante tanto desorden sexual, Dios ha permitido la presencia de la pandemia del sida. Pero el sida no es una venganza de Dios, sino un recurso extremo y muy doloroso de un Padre Bueno ante el descarrío de sus hijos, los seres humanos. La Creación tiene sus leyes, si el hombre no las cumple, la Creación se viene contra el hombre. Pero el hombre de hoy, lejos de aprender y sacar una lección positiva, sigue en el mal y creyendo saber más que Dios, ha inventado el preservativo que es una ruleta rusa y no sólo no preserva de nada, sino que, invitando al hombre a buscar con menos miedo el placer sexual, la epidemia del sida está siendo extendida con mayor rapidez.

 

Claro, detrás del desbarajuste y el caos sexual de hoy está el demonio, el príncipe de este mundo (Jn 14,30), homicida desde el principio y padre de la mentira (Jn 8,44). El demonio se ha metido en las sagradas fuentes de la vida, la sexualidad humana, y está haciendo de las suyas, tentando a los humanos para que caigan en toda forma de lujuria. Para lograrlo, Satán se sirve de dos aliados: por un lado, la carne, los bajos instintos o concupiscencias que, como consecuencia del pecado original, anidan en la naturaleza humana, y, por otro, el mundo, lo mundano, el ambiente actua tan hipersexualizado (TV, internet, cine, revistas, modas, centros de diversión, costumbres, modo de pensar, leyes permisivas y corruptoras, etc.). Así, tenemos que estar preparados para una peculiar batalla: cada ser humano, cada chica, cada chico, cada madre soltera, cada mujer conviviente, es un campo de batalla donde luchan Dios y Satán, y éste manipulando a sus dos aliados, el mundo y la carne.

Si estamos convencidos que el actual desorden en el campo sexual se debe a la existencia de una terrible fuerza sobrenatural y ésta, es el demonio, nuestras armas no pueden ser simplemente humanas y naturales. Se debe tratar el mal desde la raíz porque sino estaríamos perdiendo el tiempo y valiosos recursos humanos (voluntariado) y materiales (medios económicos). Si la enfermedad del hombre de hoy es espiritual y sobrenatural, el diagnóstico debe ser hecho con ojos espirituales y sobrenaturales, y el tratamiento ha de ser también del mismo orden: espiritual y sobrenatural.

 

Al respecto, San Pablo es todo un ejemplo. Para él, las dificultades provienen de lo que llama «el misterio de la iniquidad» (2Ts 2, 7), que  actúa en la sombra, sirviéndose normalmente del «impío», es decir, de aquellos hombres que se prestan a ser sus secuaces e instrumentos de su acción en la historia. Dice expresamente: «nuestra lucha no es contra la carne y la sangre -es decir, contra dificultades o enemigos de orden humano, natural-, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas» (Ef 6, 12). De aquí que el Apóstol, a la hora del combate y en su intento de solucionar los problemas, acuda a lo que él llama «las armas de Dios» (Ef. 6, 11). San Pablo proclama expresamente: «las armas de nuestro combate no son carnales», es decir, no son de orden humano o natural. Precisamente porque la lucha es «contra los Espíritus del Mal», sólo valen «las armas de Dios»; sólo ellas hacen posible «resistir a las asechanzas del Diablo» (v. 11) y «resistir en el día malo» y mantenerse firmes después de haber vencido todo (v. 13).

 

Con otras palabras, es necesaria la fuerza poderosa del Señor (Ef. 6,10). San Pablo lucha y se fatiga, pero con una energía que no es suya: «precisamente me afano luchando con la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí» (Col. 1,29). Cristo ha vencido al diablo (Mt 4,1-11), y sólo en Cristo y con Su fuerza  es posible vencer. Por eso el Apóstol renuncia deliberadamente a apoyarse en los medios naturales humanos -las «armas carnales»- y acude a las «armas de Dios», las únicas eficaces en el combate apostólico y cristiano.

 

Y en Ef. 6,14 ss detalla en qué consiste esta armadura que hace invulnerable y vencedor: vivir en la Verdad revelada por Dios; estar revestidos de la Santidad en la adhesión a la voluntad de Dios; el celo por el Evangelio; la Fe viva; la atención y acogida de la Palabra de Dios; la Oración constante... Son en realidad las armas necesarias al cristiano; mucho más al apóstol.

 

Puesto que la acción de Satanás utiliza como arma fundamental el engaño y la seducción (2 Tes. 2,9-12), se comprende la insistencia en las armas que hacen vivir en la luz (la verdad, la fe, la Palabra de Dios...). Otras armas miran más a la unión con Dios o con Cristo (santidad, salvación...), que es nuestra fortaleza.

 

Según estas sabias enseñanzas contenidas en la Palabra de Dios, en la CDV vamos a reconquistar las sagradas fuentes de la vida para nuestro Señor, el Creador y Dueño de la Vida, apoyándonos exclusivamente en la Fuerza del Señor. Y esto lo vamos a hacer comandados por nuestra Señora, María de la Buena Esperanza. Con Ella vamos a lograr el triunfo de la castidad y la pureza en la niñez, la juventud y los matrimonios. Alguien dijo: Yo solo no puedo nada; Cristo y yo, mayoría aplastante. Dios debe estar, pues, en todos y cada uno de los pasos que demos, como personas individuales y como grupo; cuando atendemos a las madres, orientamos a los jóvenes o asistimos a los enfermos.

 

Hemos de actuar siempre con esta idea: La CDV es un espacio donde todos grupo administrativo, voluntariado y seres humanos con y para quienes trabajamos hemos de terminar planteándonos o resolviendo el problema, el tema de Dios. La meta última y definitiva de la CDV es Dios.

 

En concreto, nuestro posicionamiento sobrenatural ha de concretarse en dos ámbitos: el personal y el apostólico.

 

Primero respecto a nosotros mismos como apóstoles, como sujetos activos. Debemos estar muy unidos a Jesucristo a través de nuestro Programa Personal de Vida Cristiana (PPVC), con sus actos y sus actitudes. Recordemos que el Evangelio dice que Jesús escogió a sus primeros colaboradores “para que le acompañaran y para mandarlos a predicar” (Mc 3,14): primero para que le acompañaran, para que intimaran con Él, para que se generara entre Él y ellos una profunda comunión de vida, de pensamientos, sentimientos, reacciones, anhelos…, y sólo después para enviarlos al mundo. Por esto, todos los que trabajemos en la CDV cuerpo administrativo y voluntariado deben plantearse en serio su PPVC. El PPVC garantiza la unión con Jesucristo y la unión con Él asegura los frutos, tanto internos (virtudes) como externos (apostolado), según el mismo Señor dijo: “Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid (el tronco); vosotros los sarmientos (la rama). El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada”. (Jn 15, 1-8) El humilde se sabe incapaz de ser eficaz por sí mismo como apóstol, por ello se empeña a fondo en vivir unido a Jesús y es eficaz; el soberbio cree que puede prescindir del apoyo divino y se hace estéril: “Dios da su gracia a los humildes y se resiste a los soberbios” (St 4,6)

 

Segundo, en nuestra labor apostólica; y aquí, en dos momentos: primero, cuando veamos y juzguemos la realidad, cuando la analicemos, cuando busquemos las causas y los últimos motivos de por qué se dan los desórdenes sexuales. En segundo lugar, cuando actuemos, cuando intentemos resolver los problemas, cuando hablemos y orientemos a los jóvenes, cuando aconsejemos a las madres solteras; cuando a unos y otros, indiquemos nuevos horizontes.

 

Dios debe estar siempre en nuestro apostolado, al principio o al final. Si por prudencia no comenzamos hablando de Dios, por simple coherencia y convicción debemos terminar hablando de Dios.

 

Hay un factor sumamente útil para nuestro apostolado: las funestas consecuencias del apartamiento de Dios, de la desobediencia al Señor son tan notorias y dolorosas, que con poco trabajo y sin mucha argumentación, la gente, si se lo indicas, inmediatamente te da la razón. Por ejemplo, a la madre soltera, abandonada por el padre del bebe, con cariño y prudencia es muy sencillo decirle: “Hijita, ahora entiendes por qué Dios prohíbe las relaciones prematrimoniales; tú misma estás experimentando en carne propia las consecuencias de haberte olvidado de proceder como Dios manda. Las santas leyes de Dios son nuestra sabiduría. No es que las relaciones prematrimoniales son malas porque están prohibidas, sino que están prohibidas porque son malas, porque generan terribles desórdenes en la vida, porque son nocivas para el destino de los seres humanos: tú, a tu edad, con un niño en brazos; el chico que te dejó encinta, con un hijo en su pasado; tu bebe, sin hogar, como Dios manda”. Los jóvenes, todos, en su propia familia, sus mismos padres, sus hermanos, tus parientes tienen situaciones conflictivas, fruto del desorden moral, de la desobediencia a Dios: quizá sus padres están ya divorciados, o son hijos de madre soltera, o su hermana ha abortado, o su primo es drogadicto o su tío es alcohólico…

 

Subrayados los efectos negativos de la conducta opuesta a la norma moral, se podrá mostrar a continuación los frutos positivos y ventajas de la obediencia a ella y a los dictámenes de la conciencia: la felicidad de una vida ordenada, la ausencia de traumas, conflicto y vergüenzas... Podremos demostrar cómo el Cristianismo es portador de la sabiduría y sensatez para la vida. Terminaremos hablando de Jesucristo, de la Obra de la Redención, de la Iglesia, los sacramentos, de la castidad

 

En cada área habrá que concretar, según sean los destinatarios. Lo dicho es lo común a todos nuestros apostolados. Hemos de ser conscientes de que no basta que la gente sepa cómo ha de proceder; muchos lo saben, y fallan. Mientras no pongamos a la gente en contacto con Cristo a través de la gracia de los Sacramentos, no podemos estar seguros de la eficacia de nuestras charlas individuales o colectivas.

 

Y no olvidemos una última cosa: las sectas, los hijos de las tinieblas, logra captar tanta gente porque tienen menos respeto humano, menos miedo, menos vergüenza que nosotros; son más constantes, no se retiran, no abandonan la trinchera. Ellos, teniendo en sus manos la mentira y nosotros la Verdad. Que Jesús no pueda lamentarse de nuevo: Los hijos de las tinieblas para sus asuntos son más sagaces, más astutos que los hijos de la Luz. Y no hay cosa más astuta y más sagaz e inteligente que tomarse en serio el Amor de Dios y el amor a  Dios, intentando ser buenos de verdad.

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